Tokio, 4 de septiembre de 2025. – En el universo de los automóviles de culto, algunos modelos trascienden su condición de máquinas para convertirse en leyendas. Entre ellos, el Honda NSX-R, y en particular su edición más exquisita, la Fórmula Roja, ocupa un pedestal reservado para muy pocos. Este vehículo no fue simplemente fabricado; fue meticulosamente elaborado como la máxima expresión de la filosofía de rendimiento de Honda a principios del milenio.

La producción del NSX-R de segunda generación (2002) fue deliberadamente escasa, con aproximadamente 140 unidades destinadas exclusivamente al mercado japonés. De esa cifra, solo cinco coches recibieron el distintivo color Fórmula Roja, una pintura que los eleva al estatus de pieza de coleccionista absoluta. Este modelo representó la materialización de una obsesión: la búsqueda del peso mínimo y la pureza al volante.

La estrategia de aligeramiento emprendida por los ingenieros fue radical. Se empleó fibra de carbono para componentes cruciales como el amplio capó, la cubierta trasera y el alerón, logrando una reducción de peso cercana a los 100 kilogramos comparado con el NSX estándar. El resultado fue un superdeportivo con un peso final de apenas 1.270 kg. Este compromiso con la ligereza llevó a la eliminación de comodidades como el aire acondicionado, el sistema de sonido e, incluso, la dirección asistida, decisiones que subrayaban su naturaleza orientada al circuito.
El corazón del NSX-R era un propulsor V6 de 3.2 litros con el sistema de levas variable VTEC, un símbolo de la ingeniería de alto rendimiento de Honda. Cada motor fue ensamblado a mano por un selecto grupo de técnicos especializados, normalmente reservados para los motores de competición. El nivel de precisión en el equilibrado del cigüeñal y los componentes rotativos superaba en un factor de diez los estándares de la versión convencional, prometiendo una respuesta y una fineza mecánica excepcionales.

Aunque su potencia oficial estaba catalogada en 290 caballos de fuerza, en línea con el «gentlemen’s agreement» de la industria japonesa de la época, las pruebas independientes y la experiencia al volante sugerían que las cifras reales de rendimiento superaban ampliamente esa cifra nominal. El NSX-R no competía con números en un papel, sino con sensaciones puras y una capacidad para rivalizar, y en muchos aspectos superar, a superdeportivos europeos contemporáneos de prestigio como el Ferrari 348.
Hoy, el Honda NSX-R Fórmula Roja es mucho más que un automóvil; es un artefacto histórico, un recordatorio de una era de audacia ingenieril japonesa donde el enfoque en la experiencia del conductor reinaba por encima de todo. Su legado perdura como el epítome del superdeportivo japonés de motor central.
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